Hiroshima mon amour

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Después de tres semanas intensas de curso por las mañana y aikido por las tardes en Tokio por fin llegó el momento de usar mi Japan Railpass. Eso significaba una semana de viaje con “ticket to ride” en prácticamente todos los trenes bala (shinkansen) de la mitad sur del país del sol naciente.

Dado que en el momento de planificar el viaje me di cuenta de que en una semana no podía visitar los tantísimos sitios que quería, tomé la determinación de relajarme en los preceptos de la religión del viajero agonías y disfrutar de los días que tuviese visitando a amigos y dejándome llevar por los planes que tuvieran para mí. En esa empresa mi primera parada fue Hiroshima.

La primera vez que visité Hiroshima fue exactamente la navidad de 2005, allí pasé junto con mi amiga Ruth la noche del 24 de diciembre, cenando en un restaurante cuya carta era tan complicada de leer que al final decidimos pedir aquello que llevase más kanjis, que seguro que así estaba más bueno, y siendo nochebuena había que tirar la casa por la ventana. Aquella vez casi salió bien, a excepción de nuestra tercera elección, la cual resultó ser una cebolla partida por la mitad y puesta al horno con tres bayas de color fucsia no muy identificables.

Esta vez la cosa no sería así, porque contaría con la estimable ayuda de mi amiga Rei, compañera de cafés y viajes en Nueva York, oriunda de Hiroshima y de vuelta de EEUU en 2009.

Le había enviado a Rei unas cuantas sugerencias de sitios fuera de la ciudad para visitar durante el fin de semana dejándole a ella la libertad de llevarme donde considerase mejor. Ella y su marido harían de anfitriones, de guías y también de interrogadores pues en más de una ocasión me vi explicándoles cosas tan variopintas sobre el interés de los españoles en los toros, los verbos en español o las recetas más populares con arroz de nuestro país.

Mi shinkansen salía a horas indecentes de Tokio, cambiaría en la estación de Shinosaka y de ahí directa a Hiroshima. Como buena viajera en tren, me aprovisioné de mi “Ekiben” (en bento que se compra en la estación) y entre las cabezaditas y cabezaditas pertinentes empecé a disfrutar del paisaje desde la ventanilla del tren.

Ekiben

Paisaje desde el tren camino de Hiroshima

En aproximadamente 5 horas había recorrido los 800 kms. aproximadamente que distan de la capital a Hiroshima, para llegar a mediodía, justo a la hora de la comida.

Almuerzo en Hiroshima

Nuestro primer día, como no iba a ser muy largo, decidimos quedarnos en la ciudad, el calor en agosto en Hiroshima es asfixiante, si malo es en Tokio, allí ya es para morir en el intento. Señores, ¡no vayan a Japón en agosto si pueden evitarlo!

La primera parada después del almuerzo fue para ver el castillo de Hiroshima. Este castillo, llamado popularmente el Castillo de la Carpa, se construyó en 1589, la mayoría desapareció en el periodo de restauración Meiji y lo que quedaba se vio reducido a cenizas a causa de la bomba atómica.

Castillo de Hiroshima

Hoy día está reconstruido y dentro contiene artilugios, armaduras de samurai, disfraces para probarse y hasta un par de reproducciones a escala real de cómo eran las casas en cierta época. Desde la última planta de su torre se pueden ver las vistas de la ciudad y de las montañas que tiene detrás.

Niño vestido de Samurai, Castillo de Hiroshima

Allí arriba, en la cima del castillo, Rei me contó sobre como su familia vivió la bomba atómica. Algunos de sus abuelos murieron en la explosión, algún otro a los pocos meses a causa de las radiaciones recibidas al haberse adentrado en la zona más afectada días después de ese fatídico horror. Ella (segunda generación de hibakusha o superviviente a la bomba atómica), al igual que su madre y la mayoría de los miembros de su familia, tienen atención médica especial para vigilar temas como el cáncer, y también para recibir ciertos tratamientos gratis. Me conmovió la naturalidad con la que hablaba del tema, pero aún más la naturalidad con la que al llegar a su casa abrió el grifo y bebió agua directamente. Supongo que después de todo este tiempo la mayor parte de la radiación y sus efectos no existan, pero es imposible no pensar en qué será lo que está saliendo por ahí y se va a meter en el cuerpo.

Ahora que las manifestaciones en la puerta del Primer Ministro se suceden cada día para pedir el no arranque y cese de las centrales nucleares en el país parece paradójico que por otro lado halla políticos y grupos de ciudadanos que en su afán por independizarse de EEUU como Big Brother y defensor de Japón en caso de conflicto, hablen del desarrollo de armas nucleares como una forma de protección.

Al salir del castillo Rei me sugirió ir a visitar a su madre, a un pueblo en las afueras. Aunque tendríamos que ir unos 45 minutos en bus a mi me encantó la idea, me pareció una manera estupenda de disfrutar del tiempo con ella en su salsa, con su familia, y de paso salir de la ciudad y ver un sitio con menos hormigón. Nuestro autobús salía de dentro de un centro comercial, sí como lo oís, en la planta no me acuerdo cual tienen las paradas de bus para que puedas comprar y salir corriendo a tu casa sin salir del edificio.

El pueblo de Rei-chan, afueras de Hiroshima

Mientras más nos alejábamos de la ciudad más me empezaba a gustar todo. Hiroshima tiene muy cerca la montaña y en los alrededores la naturaleza es realmente bonita. Allí en su pueblo vimos el atardecer y bebimos té en casa con su madre y sus dos perros.

Atardecer en el pueblo de Rei-chan

Y como no, acabamos el rato cenando juntas las tres.

Cena con las Ishida, madre e hija

Después de todo el día de un lado a otro tocaba descansar, a la invitada y a la futura mamá (Rei) nos estaba reservada la habitación de tatami y aire acondicionado, así podríamos reponernos para el día de turismo en coche que nos aguardaba.

El domingo nos levantamos más o menos temprano y cogimos el coche para seguir una ruta llamada Shimanamikaidou しまなみ海道, una carretera de 60km que une las islas de Honshu y Shikoku y atraviesa algo más de seis pequeñas islas que se encuentran en el Mar Interior de Seto. En la ruta puente a puente íbamos disfrutando del mar.

En ruta por la Shimanami Kaidô

Nuestra primera parada sería en la isla de Ikuchi 生口島, muy conocida por sus campos de cítricos, sus playas, sus olas y por el templo más kitsch del lugar, Kôsan-ji. Su construcción empezó en 1935 comisionada por el devotísimo Kanemoto Kôzô, magnate de los tubos de acero. Este pidió que se recrearan importantes templos todos en un lugar tomo para honrar a su madre.

Kôsan-ji, Ikuchi-jima

Detalle en templo de Kosan-ji, Ikuchi-jima

Loto de Kosan-ji, Ikuchi-jima

Rei y yo en Kosan-ji

Loto

Kosan-ji, pabellones y árbol

Por si era poco, en la cima de la loma donde se encuentra el complejo de templos se construyó un jardín italiano de mármol en el que no faltan ni olivos.

Jardín de mármol

Jardín de mármol

Como las malas lenguas decían que en este pueblo (Setoda) estaba bueno el pulpo, decidimos optar por un restaurante especializado en ello para almorzar y bajar la temperatura.

Hiro en el restaurante de Setoda

Rei-chan y yo concentradas en el restaurante

El ambiente y los pósters antiguos de cerveza le daban al lugar algo muy especial.

Cliente comiendo, cartel antiguo de cerveza al fondo

De aquí, tras ir al jardín botánico de los cítricos (ahorrable totalmente), y a la cima de la montaña Takake para ver las vistas, nos dirigimos a nuestro principal objetivo del día: Onomichi 尾道。

Onomichi

Onomichi es conocida por sus múltiples templos, su Camino de la Literatura y también por ser el escenario en vivo de muchas series y películas japonesas. La famosa película de Yasujirô Ozu Cuentos de Tokio (Tokyo Monogatari) fue rodada en los años 50 en las calles de Onomichi, no en Tokio.

Sin duda aún hoy tienen el encanto de una ciudad antigua, los edificios sobre todo en la ladera de la ciudad, no han sido restaurados desde que se reconstruyeran después de la guerra y así, viejos, crean un ambiente realmente auténtico.

También popular es su ramen de cerdo y la producción artesana de artículos hechos con lona. En una de las dos tiendas principales de este género se pueden ver a las señoras cosiendo los artículos que son famosos por su resistencia.

Tejados de Onomichi desde el telesférico

La manera escogida para recorrer su Camino de la Literatura sin morir deshidratado en agosto fue subir en telesférico.

Arriba pudimos disfrutar de las vistas, de los tejados, de las pagodas de los templos … de hecho también se ve el mar y los muelles y las grúas de construcción de barcos, los que en su día eran de guerra y razón por la cual se llevó más bombazos de la cuenta en la Segunda Guerra Mundial.

Vistas de Onomichi

En la bajada por el Camino de la Literatura fuimos parando en cada una de las piedras que están grabadas con líneas de escritores japoneses, y también en los templitos por los que pasábamos.

Texto del Camino de la Literatura, Onomichi

Abajo del todo y con las piernas temblando del camino de escalones cuesta abajo decidimos dar un paseo por la galería comercial de la ciudad. Eso si que era regresar al Japón antiguo, con su música en megafonía y aquellos escaparates de otro tiempo parecíamos estar en una época pasada.

Entrada a la galería, Onomichi

Concluíamos de esta manera nuestro día de coche y turismo, dejando la especialidad local de Hiroshima para la última cena. El okonomiyaki estilo Hiroshima, con fideos dentro, una delicia.

Okonomiyaki estilo Hiroshima

Lo próximo, adentrarme en la montaña para pasar el día en un onsen perdido en mitad del bosque.

Sayônara, Hiroshima mon amour.
**Algunas de estas fotos fueron hechas por Hiro, que amablemente me las dio antes de marchar
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Un Comentario

  1. Chistris

    Moder main, Rous, salivando estoy… very chulo

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